Victoria Santucci: Una egresada de Veterinaria que encontró su lugar entre los delfines de la Rivera Maya

23 Jun 2025

Lo que comenzó como una pasantía se transformó en un proyecto de vida. Victoria Santucci es egresada de la Universidad Juan Agustín Maza y hace una década trabaja en el parque Xcaret, en la Riviera Maya. 

De Villa Nueva, Guaymallén; al Caribe mexicano. Del consultorio clínico tradicional a la medicina veterinaria aplicada a la fauna marina. Así podría resumirse la trayectoria de Victoria, egresada de la Facultad de Ciencias Veterinarias y Ambientales de la UMaza, que desde hace diez años se desempeña en el parque Xcaret de Playa del Carmen y hoy comparte su historia a través de diario Los Andes.

Foto gentileza.

“Jamás había pensado que podía trabajar con una especie marina, pero estando allá me ofrecieron hacer la tesis con ellos. Me gustó, les dije que sí y la hice”. Así recuerda su primer contacto con la pasantía que cambió por completo sus planes profesionales.

Luego de culminar sus estudios en la Universidad Maza y finalizar la tesis, Victoria recibió una propuesta laboral estable en México. Fue así como decidió dejar su vida en Mendoza, mudarse a Playa del Carmen y especializarse en medicina de mamíferos marinos.

Un vínculo emocional con la fauna marina

Desde su ingreso al equipo veterinario del parque Xcaret, su rutina ha estado marcada por desafíos médicos, entrenamiento físico y contacto con los animales. “A veces me meto con el visor al agua y simplemente los observo. Son curiosos, se te acercan, te miran, te empujan con el hocico. Hay días en que siento que hay amor, literal”, relata.

En estos años, formó parte de múltiples nacimientos, procedimientos y situaciones complejas. Uno de los momentos más significativos en su carrera tuvo como protagonista a Palu, una delfina adulta rescatada del mar con cicatrices visibles, posiblemente causadas por un ataque de tiburón. “Al día de hoy es como mi animal favorito”, confiesa Victoria, al recordar una experiencia que la marcó profundamente.

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Victoria estuvo presente el día que Palu dio a luz, una jornada que comenzó con expectativa y terminó con una escena conmovedora. “Me dijeron ‘Hoy tiene signos de que va a parir Palu, entonces te quedás de guardia para quedarte con ella por si hay un parto’... Nos dimos cuenta de que no iba a sobrevivir, era un bebito con problemas congénitos, que no eran compatibles con la vida”, relata.

Lo que siguió fue una demostración de instinto y vínculo maternal que excede toda lógica técnica. “Ella estaba como aferrada a sacarlo adelante (Palu). Los delfines respiran a través de un orificio en la cabeza. Cuando dejan de respirar, ese orificio se cierra. El bebé se hundió al fondo del mar porque ya no respiraba. Y Palu estaba ahí, queriéndolo sacar. Lo cargaba sobre su lomo y lo llevaba a la superficie, desde el fondo, como para sacarlo a respirar, que es lo que esperan las mamás, para que sus bebés respiren”, dijo.

Finalmente revela, “pero su bebé ya no respiraba. Vocalizaba, le salían burbujitas debajo del agua, que indican que se está tratando de comunicar. Vocalizaba, vocalizaba, y vocalizaba, como queriendo salvar a su bebé. Pero obviamente no lo iba a lograr”, Victoria recuerda como si lo sucedido hubiera sido ayer. Fue un momento de quiebre. “El instinto maternal que demostró ese animal en ese momento me marcó un montón. Me demostró que no importa la especie: ser madre va más allá”

También destaca momentos de enorme compromiso profesional y emocional, como el caso de Cheel (significa arcoíris en lengua maya), una cría enferma que logró sobrevivir tras intensos cuidados. “Le elegí ese nombre porque esa bebé cuando nació estaba muy enferma. Tenía muy poquitos glóbulos blancos... y al día de hoy está todo bien. Ese nombre, por suerte, me lo dejaron elegir a mí’’.

Formación, desarraigo y transformación personal

Aunque confiesa que la decisión de instalarse en otro país no fue fácil, hoy se siente plenamente integrada a su nueva vida en México. “Tuve muchas crisis. Lloraba, extrañaba, me quería volver. A veces me angustiaba sin entender por qué, hasta que alguien me dijo: eso se llama desarraigo. Y ahí entendí todo”.

“Me gustaba la parte quirúrgica, de intervenir y solucionar. Me interesaba el hecho de descubrir qué les pasaba y poder aliviar ese dolor”, dice sobre su paso por la UMaza, donde descubrió su pasión por la clínica.

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Actualmente, reside en Playa del Carmen junto a su pareja —entrenador de delfines— y sus dos hijos nacidos en Cancún. Su día a día combina la ciencia, la maternidad y la gestión de múltiples responsabilidades. Y si bien reconoce que extraña el humor y la calidez de su tierra, sigue conectada con sus raíces mendocinas.

Una mirada hacia el futuro

Desde el mar, Victoria invita a reflexionar sobre los desafíos y oportunidades que surgen fuera de la zona de confort. Cuando se le pregunta qué le diría a alguien que está por dar un paso más allá, sostiene: “Que lo haga. Que se anime. Que lo peor que puede pasar es que tenga que volver. Pero que lo intente. Porque la vida pasa y, cuando menos te das cuenta, ya te transformó”, aconseja a quienes se encuentren frente a decisiones importantes.

Su historia refleja el valor de la formación, la capacidad de adaptación y el poder de los vínculos, incluso con otras especies. Una historia de vocación, pasión y transformación que comenzó en las aulas de la Universidad Juan Agustín Maza.

Más sobre la historia de Victoria en diario Los Andes.